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¿Por qué merece la pena estudiar argumentación?

Todas las personas, en su vida diaria, se enfrentan a una serie de problemas cotidianos que deben resolver. Desde qué ruta es la más adecuada para llegar a un lugar, qué mercancía es la que mejor les conviene comprar, cómo resolver una tarea escolar, etcétera. Hacen, desde luego, un ejercicio racional para comprender de dónde viene el problema, cómo resolverlo y por qué debe ser así. En pocas palabras, siempre «argumentan» —ya sea para sí o para otros— para resolver el problema que se le presenta. Por ello, el hecho de argumentar es algo tan ligado a la vida ordinaria del hombre que pocas veces caemos en la cuenta que siempre estamos razonando.

Los antiguos griegos se percataron de ello desde muy temprano y por ello vieron en la retórica el elemento central para esbozar una serie de razonamientos que pudieran convencer a los demás de lo que uno ha pensado, ha decidido o quiere demostrar. Escribía Aristóteles al inicio de su emblemática obra “Retórica” que «la retórica es como la dialéctica, ya que ambas cuestiones permiten tener conocimientos en cierto modo comunes a todos y que no pertenecen a ninguna ciencia determinada.» Es decir, como el hombre siempre está en constante diálogo con los demás, el arte de convencer y razonar no es exclusivo de una materia del conocimiento, sino que pertenece, desde luego, a todo el conocimiento.

La argumentación es un razonamiento que se emplea para probar o demostrar una proposición, o bien para convencer a alguien de aquello que se afirma o se niega, pero siempre justificando razonadamente esa decisión, porque de lo contrario podríamos caer en una falacia.

Los antiguos juristas romanos no empleaban un código o una ley para enjuiciar los casos, sino que razonaban en función de cada caso concreto, argumentando qué derecho le correspondía a cada una de las partes. Cada caso concreto era, por tanto, un lugar (un “topos”) óptimo para justificar las pretensiones y persuadir al juez y a la contraparte de quién tenía la razón sustentada en la verdad razonada. Por ello se dice que el “razonamiento tópico”, aquél que atiende a cada caso concreto, es donde el jurista logra describir razonadamente mediante argumentos válidos dónde está la justicia. Este tipo de razonamiento fue empleado por muchos siglos para la formación de los juristas y en la actualidad nuevamente cobra importancia, porque el buen abogado no es quien memoriza la ley, sino quien interpreta y razona adecuadamente la ley.

Las Universidades medievales no contaban con Facultades o Escuelas de Derecho, como sí las hay en la actualidad. Aquellos estudiantes que querían ser juristas estudiaban la materia de “Retórica” (comprendida dentro de las siete artes liberales) para entender de qué manera debían estructurar sus razonamientos para obtener la justicia en cada caso particular. Ahí surgió el estudio de la argumentación como la herramienta indispensable para la labor diaria del jurista.

Si el Derecho busca ordenar a la sociedad, evitando los conflictos entre las personas mediante una serie de normas que preserven y restablezcan el orden social, dicha rama del conocimiento no puede entenderse aislada de un procedimiento argumentativo. Entonces ¿para qué sirve la argumentación en un jurista? Sin duda, los abogados siempre están frente a casos que deben resolver, problemas que rompen el orden social o que vulneran el derecho de una persona. Para que la justicia se preserve y prevalezca siempre, el jurista debe saber cómo estructurar un razonamiento adecuado que procure el derecho de casa persona justamente y que, a la vez, no desestime el de la contraparte.

Por ello la argumentación es la herramienta primordial de toda la actividad jurídica. Desde el hecho de hacer una nueva ley, el legislador debe justificar el por qué se hace, qué fin tiene, y por qué ayudará a la sociedad. Cuando la ley se aplica el abogado debe demostrar al juez por qué esa norma se aplica al caso, qué pruebas se tiene para fortalecer la pretensión y por qué la contraparte no tiene la razón. Y desde luego, el juez debe fundamentar y justificar por qué ha decidido dar la razón a una de las partes, en qué se basó para ello y por qué, con su decisión, se otorga justicia. Así entonces, en todo momento la argumentación es la piedra angular de la actividad jurídica.

Como vemos, no puede entenderse la formación de los futuros abogados si antes no se les enseña cómo es la mejor manera de razonar, para que su labor profesional esté enmarcada por una actividad argumentativa seria, razonada y pertinente, y así verdaderamente busquen la justicia.

Sin embargo, la actividad argumentativa no sólo debe ser campo de estudio exclusivo de los abogados. En efecto, todo aquél quien realiza una actividad dialéctica, es decir un encuentro con otra persona, también debe emplear pertinentemente una argumentación razonada. No podría entenderse, por ejemplo, la predicación de un sacerdote si su discurso no está enmarcado por un argumento suficiente que justifique la razón de su homilía. Un profesor haría en vano su labor si no es capaz de transmitir razonadamente, mediante argumentos sólidos, un tema. Y qué decir de un político, que idealmente debe transmitir a los gobernados las ideas de justicia social y bien común, no sólo mediante un discurso retóricamente bien elaborado, sino ante todo, a través de argumentos verdaderos que señalen la pertinencia de sus propuestas.

Y bajo este punto de vista es que un estudio bien cimentado de la argumentación es necesario para todos, porque aquél quien no concibe éticamente la actividad retórica, es capaz de transmitir falacias o pseudo- argumentos que manipulen la verdad. Para evitar caer en las redes de la manipulación retórica es necesario saber argumentar, porque de esa forma el receptor del mensaje está en la posibilidad de identificar cuándo alguien le está mintiendo, cuándo se defienden falacias antes que realidades, es decir, el que conoce la estructura de la buena argumentación, sabe identificar cuándo alguien falta a la verdad.

Los grandes problemas del mundo actual derivado del auge del «relativismo», esa idea posmoderna del “todo se vale” y del “no existe La Verdad, porque la verdad es relativa a cada quien”, pueden acabarse con una ética en el discurso, es decir, con una argumentación que defienda a la verdad razonadamente, que no busque el convencimiento egoísta y falaz, sino que preserve la verdad objetivamente y eso no es imposible de lograrlo, es suficiente ser auténticos en el razonamiento y correctos en el pensar y para ello, definitivamente sirve el estudio de la argumentación desde la universidad.

 

 

 

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Héctor López Bello

Licenciado en Derecho por la Universidad Panamericana. Profesor de Derechos Humanos, Derecho Natural y Filosofía Social.